Dra. Dora Davison
El divorcio es el colapso de una estructura y el niño se siente solo y asustado.
Judith Wallerstein
En las últimas décadas el número de separaciones y divorcios aumentó de modo considearable, alcanzando entre el 40 y 50 % de las primeras uniones.
La inmensa mayoría de estas personas, son progenitores. Frente a esta realidad que no se puede negar ni eludir, la sociedad ha emitido un alerta sobre la necesidad de preservar la continuidad de la pareja parental después de la disolución de la pareja conyugal a fin de garantizar la formación de las nuevas generaciones.
El divorcio es para los cónyuges; los padres no se divorcian y auque esto lo sabe todo el mundo, no deja de ser difícil y complicado en la práctica. Muchos padres necesitan ayuda para reorganizar su familia de modo que puedan seguir criando conjuntamente a sus hijos y a la vez, vivir separados.
El divorcio es una de las situaciones más comunes en la que los niños, las niñas y adolescentes corren el riesgo de ser maltratados, incluso por sus mismos progenitores. Otras veces, este maltrato se perpetúa por el desconocimiento que en ocaciones tienen los profesionales que asisten a la familia en esta eventualidad y aun, el propio juzgado. Esto sucede cuando ignoran las necesidades básicas de los niños, las niñas y adolescentes y sus modos de satisfacerlas; cuando los chicos escuchan a sus padres descalificarse o denigrarse mutuamente o cuando escuchan a un padre hablar mal del otro; cuando un padre se desentiende de sus hijos o no pasa alimentos; cuando un progenitor obstaculiza las visitas del otro a los hijos. Casi la mitad de los niños de padres separados, dos años después de la ruptura, han dejado de ver a su padre o lo hacen muy esporádicamente. Un gran número de padres no respeta sus obligaciones económicas para con sus hijos (Furstenberg y Cherlin 1991).
Como resultado de la ruptura marital, la familia formada por los cónyuges y sus hijos, sufre una reorganización binuclear, a la vez que preserva la continuidad familiar para los hijos. Este modo de pensar halla su fundamento en la Convención de los Derechos del Niño que adquiere rango constitucional en la Argentina - art. 75, inc. 22, Constitución Nacional - y por lo tanto, reconoce el derecho de los niños a mantener relaciones personales y un contacto directo y regular con ambos progenitores.
Las investigaciones en torno a los efectos inmediatos y a largo plazo del divorcio sobre los hijos, indican que el grado de adversidad de los mismos oscila desde moderada a grave, desde síntomas leves hasta el suicidio, siendo mayor la intensidad del impacto en el corto plazo. Pero, no es el divorcio en sí mismo el que daña a los hijos. El perjuicio infligido sobre el desarrollo evolutivo de los niños parece estar en relación con el manejo del conflicto (si se los involucra o no), el ejercicio de la coparentalidad y los efectos del deterioro económico y del estilo de vida que por lo general trae aparejado. Para Diana Lye, “... la gran cantidad de evidencia acumulada recientemente pone seriamente en cuestión las relaciones causales (directas) entre los cambios ocurridos en la familia y los niveles de bienestar de las nuevas generaciones”. (Nuevas formas de familia. Perspectivas Nacionales e internacionales. UNICEF y UDELAR. Uruguay. Nov. 2003).
Los niños cuyos padres, luego de su separación o divorcio, continúan satisfaciendo conjuntamente -coparentalidad - sus necesidades psico-evolutivas, tienen una mayor probabilidad de no padecer alteraciones en su desarrollo físico, emocional y social. Además, las investigaciones demuestran que son comparativamente más sanos que los chicos de familias nucleares que conviven con un alto grado de hostilidad permanente entre sus progenitores.
Es indudable que cuando los padres permanecen juntos, a la vez que comparten valores e intereses, tienen mayores oportunidades de reforzar mutuamente sus métodos de crianza y esto beneficia a los chicos. Los hijos, a su vez, tienen más posibilidades recibir la atención de ambos padres, en términos una mayor dedicación en tiempo, recursos afectivos y materiales. Pero, decir que los niños en general están mejor en esta situación, no significa concluir que invariablemente las familias nucleares son mejores o que los niños no puedan desarrollarse plenamente en familias del divorcio, en familias ensambladas o en hogares monoparentales (Nuevas formas de familia. Unicef – UDELAR. Montevideo. 2003).
El divorcio no tiene porque ser una ruptura irreparable de las relaciones familiares. Estamos acostumbrados a pensar el divorcio como una fractura familiar irreductible, idea amparada por un sistema legal que potencia el litigio y la desconexión. Sin embargo, en más de la mitad de las familias, los padres son capaces de elaborar una relación de parentalidad cooperativa y muchos ex esposos son capaces de poner en su lugar los viejos agravios y recorrer nuevos territorios relacionales forjando una conexión informal de parentesco (Connie Ahrons 1994).
La reconciliación no implica necesariamente reunificación. En la mayoría de los casos, las heridas y las hostilidades se reparan al punto de que los ex esposos mantienen una relación cordial y respetuosa y colaboran en la crianza de los hijos. Para ellos y para sus hijos está claro que no volverán a estar juntos ni como pareja ni como unidad familiar, pero se preocuparán uno por el otro y siempre harán todo lo posible para que sus hijos puedan contar con ellos (Froma Walsh 2005).





